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10 de octubre de 2009

Cosas que Parecen Mentira

Hay algunas cosas que no parecen ser ciertas, que parecen pertenecer a otro mundo, y no a este de avances tecnológicos y sociales en el que vivimos. Existen cosas que parecen pertenecer a otro mundo o a otra época, donde no existe lo que para nosotros es cotidiano.

- Parece mentira que existan personas que escojan no comer carne, y al mismo tiempo hay niños que mueren de hambre. Estas personas deberían seguir comprando carne (teniendo la capacidad económica de hacerlo), y en lugar de consumirla deberían mandarla a esos niños.

- Parece mentira que existan personas hoy en día que no tienen la oportunidad de aprender a leer y escribir. En el mundo donde existe el internet, existen niños que no tienen acceso ni siquiera a un libro.

-Parece mentira que existan personas que crean que la violencia es la solución. Todavía hay personas (y hasta gobiernos) que creen que un arma les da la razón.

- Parece mentira que existan culturas enteras donde no se cree en la Psicología, y la confundan con los "tests" que aparecen en las revistas y en los artículos de periódicos. Personas que no abren su mente todavía a que alguien pueda conocer sus secretos.

Hay muchas otras cosas que parecen la fantasía de una mente enferma, pero que son realidad. ¿Puedes sugerir alguna?

8 de octubre de 2009

De Noche Para Siempre (LIV)

Como dije, el licenciados Trócoli era muy bueno. Recuerdo que yo siempre fui muy ausente, como siempre, en clase. Pero hacía comentarios relevantes, cuando los hacía. Con él, recuerdo que hice un comentario que me ganó la respuesta: "creo que su punto de vista es muy filosófico, pero lo comparto". Ganar una respuesta así de un licenciado así es un buen premio y un excelente recuerdo.
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En cuarto año, el curso que resultó ser el más difícil fue Psicología del Trabajo. Se supone que sería Psicopatología Infantil, pero unos cambios en los docentes hicieron el truco. El docente que nos asignaron para el curso era de Valencia, España, y nada más lo menciono para señalar la diferencia, no peyorativamente. En fin, su estilo de enseñanza era distinto, muy de participación, análisis y lecturas propias. No tenia casi nada que ver con lo que solíamos hacer. Muchos documentos y mucha lectura, y nosotros no nos acostumbrábamos a las diferencias. Y al final, al menos para mí, fue decepcionante. Nos asignaron la lectura y el ensayo de un libro. Lo leí y me esforcé en lograr un buen ensayo. Saqué 10 de 10, y después me enteré de que los ensayos los había leído su auxiliar. Quería impresionar al licenciado que nos había exigido tanto, y me sentí embaucado.
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Igual de embaucado que en el curso de Psicología Institucional, de quinto año. Trabajé mucho y conscientemente en el proyecto medular del curso, que constituía también la mayoría de la nota final. Como sucedió con algunos docentes a lo largo de la carrera, lo impresioné para bien. No lo recuerdo bien, pero creo que fue porque hice una pregunta inteligente relacionada con el proyecto, que denotaba que lo estaba tomando en serio y realmente pensando en él. Recuerdo que habló de un proyecto de EPS (Ejercicio Profesional Supervisado), necesario para la graduación, y que prácticamente me aludió personalmente para participar en él. Sin embargo, lo mismo, me enteré de que el proyecto final lo había calificado el auxiliar, que resultó ser conocido de una amiga. Jamás sabré mi nota real, si me entienden.
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En fin, tengo muchas más anécdotas, que deben ir saliendo poco a poco, en orden. Porque me doy cuenta de que ya todo está muy desordenado.
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6 de octubre de 2009

De Noche Para Siempre (LIII)

En la práctica, cada uno de los cinco años de la Licenciatura en Psicología tenia su propio curso y/o docente que estaba marcado como el más difícil. Supongo que es algo normal para todos en todas las carreras, y yo lo viví así:

En primer año, el curso difícil era el de Filosofía, con el licenciado Arturo Lara. El curso era difícil porque el licenciado estaba "demasiado" preparado, y sus explicaciones y referencias a veces sobrepasaban la capacidad de los estudiantes que no conocíamos tanto como él. Él confiaba en que leyéramos, investigáramos y conociéramos los términos que utilizaba. Muy buen docente, muy mal preparados nosotros.

En segundo año el curso marcado era Corrientes Psicológicas Contemporáneas, curso que llevé en Escuela de Vacaciones (el nombre lo dice todo), principalmente para no enfrentarme al docente del curso normal.

En tercer año, Psicología Social, con el docente Carlos Trócoli, una persona muy inteligente, muy preparada, que trataba de mantenerse actualizado en cuanto a contenidos y técnicas de enseñanza. Exigía de sus alumnos lo mismo que exigía de él mismo, por eso su curso era difícil. Afortunadamente, un reto, y por eso luché por aprobar su curso con 81/100.

Me doy cuenta de que necesito otro post para hablar debidamente de cada docente y curso, así que por hoy basta.

4 de octubre de 2009

De Noche Para Siempre (LII)

Las mejores compañeras que tuve mientras estudié Psicología fueron Karen, Ana María y Crity (Cristina).

Karen, en primer lugar, pretendía tener 17 años pero tenía 18. Recuerdo el día en que supuestamente cumplia 18; estaba muy feliz y emocionada porque llegaba a la mayoría de edad. Creo que sólo Ana María sabía que ya tenía 18, y luego yo ví su documento de identificación donde constaba su fecha de nacimiento. Todo se vino abajo y nosotros tratamos de que no se sintiera mal. Era una mujer inteligente, con una educación clásica y sin embargo con el contacto social de una mujer "normal". Era un poco altiva, pero eso era parte de su atractivo. Ella era muy simpática y amable, inocente en algunas cosas. Muy hermosa.

Ana María tenía edad para ser mi mamá. De hecho, con el tiempo nos enteramos de que tenía una hija de mi edad, y desde entonces yo le decía "madre", de cariño. Nosotros la ayudábamos cuando lo necesitaba, estaba un poco "desactualizada" en los estudios, y siempre la quisimos muchísimo. Era nuestro apoyo en algunos asuntos que requerían más madurez, y nosotros la apoyábamos a mantenerla "joven". Salíamos a bailar, a pasear, a comer, pero sobre todo nos reuníamos para estudiar y elaborar tareas. Fuimos un excelente grupo de estudio y amigos.

A pesar de mí, Cristy era la loca del grupo. Era bulliciosa, (demasiado) extrovertida, amena. distraída, pequeña y morena. Nos divertía y nos avergonzaba un poco cuando trataba a los docentes, de unos 50 años, como si fueran uno de nosotros. Sin embargo, eso la hizo ganarse la confianza de algunos. Era completamente distinta a mí en cuanto a relaciones sociales. Pero, no lo puedo asegurar, fingía tener novio. Recuerdo que hubo uno que nunca conocimos en persona, que le mandaba mensajes de texto al celular y siempre se reunían en "otro lado". La teoría del grupo era que ella misma se mandaba los mensajes.

En fin, fueron las mejores, pero tuvimos que separarnos muy pronto.

1 de octubre de 2009

Día del Niño en Guatemala

Hoy, 1 de octubre, se celebra el día del Niño acá en Guatemala. Ya no soy maestro y tengo algunos años de no ser niño, así que la celebración ya es poco ajena para mí. Y me pregunto, ¿qué es lo que se celebra? ¿La inocencia? ¿La felicidad de ser niño? ¿Acaso la despreocupación de la niñez?
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Por supuesto.
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Ser niño no es fácil. Tampoco es más difícil que ser adulto. Pero vale la pena celebrar la inocencia, la felicidad, la despreocupación. Y no precisamente de los niños de hoy. Nosotros celebramos porque recordamos lo que fuimos, lo que tuvimos. La inocencia de que nunca nos hayan roto el corazón, de que no imaginábamos siquiera que un dolor así pudiera existir. La felicidad de la lluvia, de un helado, de un chiste que nos hacía reír en honestas carcajadas. La inocencia de no conocer la verdadera maldad humana.
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Y celebramos la despreocupación de no tener responsabilidades de dinero, de no haber entrado todavía completamente en el mundo donde siempre hay que comprar cosas. Ni del sexo y sus responsabilidades y sus preocupaciones y su relación con cuánto vales...
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Así que vale muchísimo la celebración de la Niñez, no sólo la de las personitas que debemos proteger, sino para recordar y consentir al niño que aún debemos tener dentro.
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